
Haciendo memoria, la primera vez que escuché la palabra barquillo fue hace años en una conversación mantenida con Emilio, encargado de la antigua fábrica de cucuruchos para helados ubicada frente a la gasolinera del Veintiuno; pues bien, hace unos meses, concretamente en noviembre del 2008, en una etapa de nuestra “gira gastronómica” por la provincia de Ourense, buscando lo más secreto de la cocina ourensana, Carmen y yo nos detuvimos en Castro Caldelas. Allí, en el bar Pepa, mientras tomábamos una copa de licor xastreus y conversábamos con unos amables habitantes de esta noble localidad, Horacio, propietario del establecimiento e institución en el pueblo, haciendo una relación de asuntos del buen comer de este concejo, mencionó de nuevo el barquillo. Fue la segunda vez que escuche hablar de este producto; también nos habló de un curioso artilugio: la barquillera, instrumento imprescindible en el ejercicio de esta profesión. Se trata de una especie de tambor de hojalata pintado normalmente de color rojo brillante, donde se guardaban los barquillos, con dos tiras de cuero para transportarlo a cuestas como una mochila; en la parte superior se encuentra una tapa dividida en secciones numeradas donde se hallaba el mecanismo de una ruleta. La ruleta se accionaba dando impulso a unos pomos dorados brillantes, entonces giraba haciendo rozar una lengüeta flexible de asta de vaca alrededor de una barandilla metálica que era la encargada de marcar el premio.
Con ánimo de satisfacer nuestra curiosidad Horacio nos contó que hace algunos años, los días de fiesta o feria, en el Castro andaban barquilleros llegados de las aldeas de los alrededores con una barquillera repleta de barquillos a sus espaldas para regocijo de los niños. Estas personas se dedicaban a la venta de tal golosina mediante un juego basado en el azar que llamaban la tirada. Consistía, por supuesto tras abonar el precio de la tirada, en hacer girar la ruleta y, dependiendo del numero en que se detenía la lengüeta, tantos barquillos ganaba el cliente. Añadió que el último barquillero que anduvo por esas tierras se llamaba Ricardo y era de Boazo, aldea de este término municipal. Todos los contertulios de cierta edad que en ese momento se encontraban en el bar Pepa, evocaron con nostalgia a este personaje y alabaron el sabor de aquellos barquillos que les recordaba los sabores de la niñez perdida.
Ante esta versión de la repostería provincial desconocida para mi, y deseoso por descubrirla y saber más, decidimos acercarnos a Boazo para conseguir más información. Era día de matanza y en la primera casa del pueblo a la que llamamos, un señor, que contaría con unos ochenta años, nos atendió amablemente contándonos que él había sido también barquillero. Pero no desarrolló su labor en los alrededores, sino en Madrid; entonces nos relató que era común en esa zona y, sobre todo, en Parada do Sil “emigrar” por temporadas a la capital, desde primavera hasta finales de otoño, porque allí se hacía dinero con la venta de barquillos y otras chucherías como piñones de Ávila.
A raíz de este testimonio creció mi interés por esta profesión y empezamos a recorrer las tierras de Parada do Sil en busca de más personas que pudieran saciar esta curiosidad. Y así nos encontramos que fue una actividad importantísima en el sostenimiento económico de las familias de esta zona hasta la década de los 60 del siglo pasado.
Desde un punto de vista etnográfico en Ourense la profesión de barquillero ha sido vagamente estudiada si la comparamos con otros oficios ambulantes como canteros, afiladores-paragüeros, quincalleros…de los que sí podemos encontrar estudios muy completos y serios. Del barquillero encontramos algunos datos de etnógrafos como Xocas, que subraya el ejercicio de esta profesión por parte de niños, o Ben-Cho-Sey, que analiza la jerga propia de estas profesiones ambulantes denominada barallete.
En Parada do Sil nos contaron que normalmente un adulto que ya desarrollaba este trabajo, sobre todo en Madrid aunque también en Salamanca o Zaragoza, cuando volvía a casa en invierno, “reclutaba” a uno o dos niños, que podían ser de la familia o hijos de vecinos, y los llevaba consigo cuando empezaba la temporada siguiente como ayudantes. Esta práctica era habitual en los oficios ambulantes y se les conocía, a estos niños, como mucilos o criados en el ya mencionado barallete. A estos muchachos se les proporcionaba una barquillera que se cargaban a la espalda y se les mandaba a vender los barquillos, a veces teniendo que recorrer largas distancias. En esta tierra, hemos recogido una treintena de nombres de personas que ejercieron esta profesión, aunque actualmente ya nadie se dedica a ello. Los barquillos de esta zona tenían su peculiaridad en cuanto a sabor, forma y textura. Al igual que el licor xartreus, que se elabora a partir de la planta que lleva este nombre.
Aunque la emigración temporal a Madrid fue muy importante, los barquilleros de Parada también desempeñaron su oficio a lo largo y ancho de Ourense y otras provincias. Aunque sin estar constituido en gremio, existió un gran número de personas que se dedicaron a esta actividad, desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX principalmente en la capital de la provincia. Pero también hubo barquilleros muy queridos hasta hace poco en Celanova, Luintra, Nogueira de Ramuín, Castro Caldelas, Montederramo o Seixalbo, siendo Parada do Sil donde hemos realizado un mayor acopio de testimonio de vecinos que desempeñaron esta actividad de fabricación y venta de barquillos en diferentes lugares de la geografía gallega y española.
Es importante decir que la actividad del barquillero está muy ligada a la del heladero, también oficio ambulante, y en estas localidades son numerosos los testimonios de personas que se dedicaron a esta otra profesión.
La elaboración de los barquillos era obra del propio barquillero adulto, en algunos casos, los menos, ayudado por su mujer o por los niños, y se preparaban inmediatamente antes de la venta para que se mantuvieran crujientes.
El barquillo se hace a partir de la oblea, es decir, una fina lámina de pasta crujiente, realizada con harina, agua y azúcar que se tuesta y se le da forma cuando aún está caliente y es dúctil porque cuando enfría se vuelve rígida y quebradiza. Aunque en España encontramos como una veintena de formas diferentes de modelar los barquillos como neules, cucuruchos, abanicos, rulos, parisiens…, la forma que encontramos en Ourense, y que ya doña Emilia Pardo Bazán recoge en su obra La Tribuna, se caracteriza por ser un rulo ligeramente cónico, para permitir insertar unos dentro de otros, y después introducirlos en la barquillera y así facilitar su transporte.
El método que se ha utilizado tradicionalmente para hacer obleas es vertiendo la masa en una plancha metálica manual que se calentaba al fuego de la lareira y, cuando estaba tostada, se despegaba con cuidado y se enrollaba con ayuda de un palo fusiforme. Esta plancha era como una gran tenaza que constaba de dos placas de hierro circulares de unos 20 ó 25 cms. de diámetro, con dos largos mangos que evitaban las quemaduras y que, mediante una articulación hacia la mitad de los mangos, cerraba las placas sobre sí mismas. La presión ejercida hacía que la oblea fuese muy delgada.
Posteriormente, con la aparición e instalación de las cocinas de hierro conocidas como cocinas económicas o bilbaínas, que en Ourense fabricaba la fundición Malingre, las planchas barquilleras evolucionaron; las placas pasaron de ser circulares a ser cuadrangulares y estaban unidas mediante una bisagra, por lo que, aunque se mantuvieron los mangos para cerrarlas, la manera de articularse, en vez de ser en forma de tenaza pasó a ser de palanca. Hasta llegar las planchas eléctricas con las que, por ejemplo, elaboraban sus obleas los heladeros de La Ibense que recorrían las calles con sus carritos.
Una característica de los moldes encontrados en la provincia es que la cara interna era completamente lisa, lo que hacía que las obleas carecieran del actual relieve en forma de retícula.
En cuanto las barquilleras, hay que decir que ya no quedan muchas y los testimonios recopilados insisten en que no se transportaban desde Ourense a Madrid, sino que las conseguían una vez que llegaban a la capital y la mayoría que fueron llegando venían desde allí. Las primeras que llegaron a la provincia fueron fabricadas en la villa cántabra de Ontaneda o en Bilbao.
Hemos encontrado barquilleras de la época en distintas localidades. En Teimende fotografiamos la barquillera que pertenece a la familia de Tomás; en Seixalvo encontramos una barquillera propiedad de Antonio que sí vino directamente de Bilbao y que, hasta la década de los ochenta, giró por las fiestas de la provincia. Nos comentó Javier, hijo del propietario, que las últimas en las que se pudo ver fueron las ferias de Penalba y San Miguel del Campo en el año 1985.
También tuvimos noticia, gracias al antiguo alcalde de Parada, de que en Chandrexa había varias y algunas fueron vendidas; una a un médico, un tal doctor César que la restauró y la conserva como pieza de museo .
En las aldeas de la provincia, así como villas, el barquillero realizaba la venta aprovechando congregaciones multitudinarias que se producían con motivo de fiestas, feria y romerías. No precisaba de silbido como el capador o el afilador para anunciar su presencia en el evento, el tractractractrac de la ruleta girando en torno a los barrotes de la barquillera servía de reclamo al niño que le cambiaba la cara al intuir su cercanía. Varios fueron los juegos que dependían del giro de la ruleta y sus combinaciones aleatorias. La adquisición de barquillos se hacía, principalmente, mediante el juego arriba mencionado de la tirada sencilla, pero también se jugaba a pares o nones o al clavo, amén de otras versiones menos lícitas para las que nos consta que también se ha empleado la barquillera, como apuestas con dinero de por medio.
En las ciudades, la actividad era más regular, comenzando después de San José hasta finales de septiembre. En Ourense el sitio habitual de los barquilleros estaba en el paerque de la Alameda, donde fue muy afamado el apodado “Zamorano” según nos informó el Pistolas, un buen conocedor de la plaza de abastos de Ourense, y otros parques como el de las Mercedes. Casi siempre andaban parejos con los heladeros de La Ibense o el aguador que vendía refresco de limonada.
De todas las experiencias que hemos recogido, concluimos que el barquillero fue un personaje muy querido por los niños; personaje alegre y pillo en ocasiones con el juego de la barquillera, en cualquiera de sus versiones: la tirada, el clavo, etc... llegó a ser la principal atracción junto al tiovivo en muchas fiestas.
Muchos son los barquilleros que recorrieron nuestra provincia y evocan tiernos recuerdos del pasado en los adultos de hoy, niños por aquel entonces. Por ejemplo en Celanova, durante las fiestas patronales del mes de agosto, recordaban algunos vecinos que se llegaban a juntar hasta tres. El más querido se llamaba Adolfo, tenía por costumbre acompañar a la banda de música municipal y de ambos, el barquillero y la banda, tenemos testimonios fotográficos.
También, de esta localidad era la señora Ana, barquillera y matriarca de la familia de Los Trece. Casi todos los miembros de esta familia tan querida en la villa, al igual que los San Martín en Ferrol, se dedican a la venta ambulante de golosinas, algodones, garrapiñadas y castañas en temporada. Una de las nueras de la señora Ana nos relató que su suegra llegó a vender barquillos por infinidad de lugares de la provincia de Ourense, incluso en Vigo. Algunos de sus hijos como Luis y Adriano siguieron sus pasos y también vendieron barquillos.
Como ya mencioné, el último barquillero que anduvo por tierras de Caldelas fue Ricardo de Boazo, vecino de esta aldea del termino municipal de Castro Caldelas, de él nos ha contado anécdotas el también mencionado Tomás de Teimende, que se dedicaba a la venta ambulante de helados por las ferias de los alrededores y en Monforte, casado con la nieta de Tomás Carnero, también barquillero.
En Montederramo, Castro Caldelas hemos recogido numerosos testimonios de personas que se dedicaron a la venta de este artículo. En Nogueira de Ramuín, en la aldea de Parada Seca hubo un barquillero muy querido. También en este concejo, en la casa rural del conocido actor Patxi Bisquert ,situada en la aldea de Cancela, se expone una serie de fotografías de esta profesión tomadas por el insigne escritor y enamorado de la cultura popular ourensana Emilio Araúxo. En esta pequeña exposición se encuentra la imagen fotográfica más reciente que hemos hallado de un barquillero vendiendo en una fiesta ourensana; fue tomada en las fiestas de Armariz en el año 1987.
La actividad del barquillero estaba destinada a desaparecer con la evolución de los tiempos, al igual que un gran número de oficios tradicionales. Estas profesiones tenían cabida en un momento de nuestro devenir histórico, siendo los duros años de penuria postbélica que se vivieron en España el tiempo de auge del barquillero. Pero el hecho de que actualmente no sea una profesión viable no quita que, del mismo modo que se recuperan para conocimiento de nuestras raíces oficios como cesteros, afiladores, etc…, recuperemos la figura del barquillero.
Estas letras pretenden homenajear a estos profesionales, que hicieron felices a tantos niños los días de fiesta. Así recordamos el trabajo de tantos muchachos que salieron de sus casas siendo apenas niños, ancianos hoy, que a las órdenes de un “amo” se dedicaron a la venta de esta golosina para ganarse la vida y ayudar al sostenimiento de sus familias.
A pesar de todo esto, sería muy interesante recuperar el barquillo tradicional porque forma parte de nuestra cultura gastronómica de la que sólo quedan los testimonios de aquéllos que los hicieron con sus manos. Se trata de un legado de nuestros antepasados que no somos capaces de conservar y de revalorizar. El barquillo se encuentra en un estado de letargo, está ahí escondido para que lo hagamos resucitar y vuelva a ocupar el lugar que le corresponde en nuestra repostería típica.